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EL IRLANDES QUE QUERIA SER VIRREY
En octubre 26, 1642, los señores de la inquisición fueron requeridos por la acusación que fue presentada por el Capitán Felipe Mendez contra Guillen de Lampart, residente irlandés de la Ciudad de México y con su dirección en la Casa de los Condes, en el area de La Merced en la ciudad. Mendez había dicho que Lampart había considerado ser Virrey de la Nueva España el próximo año. Hasta enseño las cartas dirigidas al Papa y al Rey de Francia (que controlaba España en esa época). El aseguró que daría libertad a los indios, negros, y hombres mezclados, con el propósito de ganar su apoyo.

En octubre 26, 1642, los señores de la inquisición fueron requeridos por la acusación que fue presentada por el Capitán Felipe Mendez contra Guillen de Lampart, residente irlandés de la Ciudad de México y con su dirección en la Casa de los Condes, en el area de La Merced en la ciudad. Mendez había dicho que Lampart había considerado ser Virrey de la Nueva España el próximo año. Hasta enseño las cartas dirigidas al Papa y al Rey de Francia (que controlaba España en esa época). El aseguró que daría libertad a los indios, negros, y hombres mezclados, con el propósito de ganar su apoyo.

También le confesó su noble origen: Lampart, era producto del amor de Felipe III y una mujer irlandesa cuyo esposo se había muerto mientras la pareja se encontraba en Madrid. Preocupado por su educación, el Rey Felipe lo mandó a una escuela de muchachos nobles en Santiago de Compostela, España y después a la escuela mayor de San Lorenzo del Real, para que pudiera seguir su carrera eclesiástica, pero Lampart prefirió una vida secular. En un viaje a Roma besó la mano del pontífice y recibió la bendición papal. El viajo por todo el mundo, hasta que fue capturado por un inglés con el que navegó algun tiempo como pirata. Regresó a España y se dio cuenta de la tiranía de Felipe IV sobre la Nueva España, que según Lampart no era suya y que tampoco la había conquistado.

El plan de Guillen de Lampart era el siguiente: A la llegada del Conde de Salvatierra, el nuevo virrey le mostraría unos certificados reales falsos que lo acreditaban como el nuevo virrey. El forzaría una audencia para admitir que el Conde era un traidor, unos meses transcurrido su periodo como virrey, el liberaría a todos los esclavos y lo proclamarían como rey. Entonces abriría comercio con Francia, Holanda, Inglaterra y Portugal, para que su reino fuera muy próspero debido a la seriedad del asunto y a pesar de que el domingo el tribunal fuera convocado para llegar a un acuerdo.

Aunque la acusación correspondía más al estatuto común y no tanto a la jurisdicción del Santo Oficio, Lampart estaba acusado de haber cometido mucho y diferentes crímines contra la santa fé católica, usando cosas prohibidas como astrología judicial y el peyote (planta desértica de donde se extrae droga tóxica), a saber acontecimientos futuros dependiendo del libre albedrío, modos de cura reservados a Diós y curas para enfermedades supersticiosas en las que necesariamente tenía que haber hecho un pacto con el diablo. Una noche Lampart, quien tenía 26 años fue aprendido en su casa y los oficiales recogieron e inventariaron todos los papeles. En efecto había certificados falsos, cartas a monarcas Europeos enemigos de la corona española y producción personal lírica, como poemas o folletos políticos.

Los hombres de la Inquisición mandaron una carta al Consejo de las Indias en la peninsula, con investigaciones detalladas del caso. El consejo le dejo el asunto al rey, quien decidió que el tribunal debería juzgar solamente lo que le concernía y ordenó al doctor Andrés Gómez, juez de la Audiencia Real, quien estaría a cargo del irlandés. Como el Santo Oficio fue ignorado del caso, apelaron en contra de La Santa Inquisición de España para que se presentara al rey otra vez, la seriedad del asunto con la lucha de poderes en acción sobre quién iba a juzgar el caso (la autoridad real o la religiosa), el clero ganó; El rey mandó una segunda carta en la cual vió la inconvenencia de dar al Sr. Guillen a la ley secular, y ordenó que la suprema ley de la iglesia decidiera todo. Orgulloso de su triunfo, El Santo Oficio empezó el proceso contra el feliz conspirador.

Los Inquisidores reconstruyeron el verdadero origen del irlandés con las declaraciones de la gente que lo conocía. Uno de los testimonios más importantes fue el del religioso Franciscano, Juan de Lampart, hermano del acusado, en realidad Guillen era el hijo de un comerciante irlandés y había recibido un educación diligente de un Agustino. Hablaba español, francés, italiano, alemán, latín y griego; sabía sobre matemáticas, filosofía, teología, y ley romana; Había leído a gran cantidad de poetas clásicos y poseía una memoria prodigiosa, recitaba párrafos completos de la Biblia y otros textos sagrados.

El viajó a la Nueva España, junto con los sirvientes del Marqués de Villena y trabajó en la cocina del Palacio Real. Cansado de los hollines de las ollas y sartenes y de las conversaciones tan poco edificantes que sostenía con sus colegas, decidió cambiar su trabajo y se dedicó a dar clases de latín a los hijos del escribano del consejo municipal. De ésta manera consiguió ser huesped en las casas del ayuntamiento donde vivió por muchos años. En medio de miembros del consejo, alcaldes, notarios y otros funcionarios públicos, se familiarizó con el impartir de la justicia, y de los abusos contra los débiles e intrigas políticas.

Su gran talento y exagerada imaginación lo llevarían a soñar con ser poderoso y grande, el joven llegó a pensar que casi tenía una misión divina: Debería defender a los débiles y tumbar a los poderosos, el pueblo deseaba levantarse contra el tirano pero necesitaba a un liberador sabio y atrevido. Su megalomanía lo hizo creer que estaba destinado a ejecutar tan noble ideal. Una vez muerto el escribano que lo protegía, Lampart se tuvo que mudar al barrio de La Merced. Llevó una vida extraordinaria: visitaba a gente religiosa en conventos, cortejaba damas distinguidas, hablaba con indios para mantenerse informado de los remedios naturales, visitaba astrólogos y hechiceros frecuentemente. Encerrado en un cuarto de vecindad, rodeado por borradores, trazaba los planos de la Emancipación de México, escribía cartas a los arzobispos y cardenales pidiendo ayuda pero las peticiones nunca salieron de su escritorio.

Ocho largos años había pasado Lampart en su celda del Santo Oficio, cuando empezó a quejarse de ver visiones diabólicas y espectrales, que lo hicieron pedir un compañero de celda con quien compartir su soledad. Haya sido preconcebido o una idea inspirada por la ocasión, en cuanto Diego Pinto entró a su celda, el irlandés comenzó a planear el escape. Recibió la promesa de Pinto en ayudarle. El relato del noble origen de Lampart lo convencieron del odio hacia los Inquisidores y como argumento convincente, le ofreció a Pinto miles de pesos de oro. Todas las noches Lampart y Pinto aflojaban las barras de la ventana. Tratarían de escaparse el 25 de diciembre mientras todos los demás estaban ocupados festejando. Desde el 13 de diciembre, Lampart empezó a escribir algunas sátiras que iba a repartir después de su escape.

El día esperado llegó; a las 8 P.M., después de la cena, quitaron los barrotes de las ventanas. Guillen se encargó de borrar las huellas con una escoba para que su escape fuera catalogado como milagroso. Corrieron a la catedral donde Guillen colocó dos posters en las puertas principales, entonces al colmo de su audacia, fue al Palacio Real a dejar uno para el virrey. El guardia no lo dejó pasar pero el irlandés declaró ser un mensajero de la realeza, procendente de La Habana y dijo llevar algunos regalos. Con su habilidad y seguridad como características llegó a las puertas del aposento del virrey, insistió en la importancia del documento, y aunque el guardia estaba dudoso ya que era las tres de la mañana y su excelencia se acababa de ir a dormir porque había estado jugando y apostando, terminó por convencerlo de que llevara la sátira en el acto. Naturalmente a las 7 de la mañana, el virrey y los Inquisidores se juntaron escribiendo un edicto que tenía que ser leído en 47 templos de la ciudad. A las 12 del día, Francisco Garnica se presentó a acusar a Lampart, que había entrado a su casa para esconderse de las autoridades. Una hora y media después al fugitivo lo amarraron, lo amordazaron, y regresaron a la carcel de la Inquisición.

Ahora la ocupación era recoger las sátiras y el famoso documento que denunciaban las atrocidades del Santo Oficio. El edicto del 31 de diciembre, 1650 hacía que quien fuera que tuviera esos documentos, los regresara a las autoridades. Pero el virrey se resistió de regresar los 18 documentos que Lampart le había dejado, quizá porque eran extremadamente interesantes para el poder civil.

El virrey tuvo que pasar por una amenaza de excomunión y recibió por eso una reprimenda real, el rey Felipe IV protestó, debido a que la autoridad civil no debería haber sido hecha menos con los documentos haciendo caso omiso de que pertenicían a causa pública y era asunto de ellos. Señalaron que por lo menos debieran haber guardado algunas copias. Para la seguridad del Santo Oficio, Lampart estuvo en la cárcel por 9 años.

Nada atrajó la lástima de la Inquisición, ni siquiera el hambre o el abandono del preso, ni el sufrimiento físico que causaba una herida recibida en su segundo intento de fuga. Fue sentenciado a muerte en la hoguera y murió el 19 de noviembre, 1659.