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CON LICENCIA PARA PRACTICAR MEDICINA

Por medio del permiso real en enero 1570, Felipe II mandó a los doctores maestros a provincias allende los mares. Estos doctores examinaban a los candidatos a doctores y también compilaban información respecto a la práctica de la cirugía, hierbas medicinales, y todo lo que contribuía a la salud de los vasallos. En la Nueva España, el tribunal real de doctores maestros fue conformado rápidamente, además de supervisar las pláticas de medicina y astrología en la universidad, estaba a cargo de dar prácticas de curación y de dar licencias a los internos. También fueron sobre los charlatanes y estafadores. Alrededor del siglo XVIII, la fama del "Doctor Indio" se habia esparcido por la provincia de Valladolid actualmente el estado de Michoacán, México. Sus métodos basados en experimentos científicos eran tan elogiados que disminuyó la autoridad de los doctores maestros. El humilde doctor se rehusó a ser examinado y fue arrestado y llevado a la ciudad.

La examinación del Doctor Indio sería pública y en el recinto del salón principal de la universidad. Este hecho trajo muchos expectadores deseando asistir al reto entre la ciencia institucional y las curas tradicionales. La facultad utilizó batas y birretes, su traje de graduación, y haciendo honor a su erudición citando a autores en latín y haciendo referencias a aquello que por supuesto sabían que el Doctor Indio ignoraba. Con humildad y parado como si fuera un convicto, el hombre de Patzcuaro en Valladolid contestaba las injustas preguntas diciendo "Tenganme paciencia", que trajo sonrisas de superioridad y satisfacción a las caras de los maestros. Entonces el Indio sacó algo que traía en el pecho y dijo: "Haganme un favor sus mercedes, y huelan esta hierba que tenía en mi pecho." Los doctores desdeñosos le preguntaron con menosprecio las cualidades de la hierba en latín y el indio sonrió por dentro ya que no era capaz de responder en tan refinada lengua. Instantaneamente los doctores empezarón a tener hemorragias nasales imparables, a lo que el hombre de provincia aconsejó: "Ahora sus mercedes curense de esa sangre que sale de sus narices." En el transcurso del tiempo, su orgullo cambió en una súplica silenciosa. Los palidos y horrorizados parlantes del latín, no podían objecionar contra nada que haciera el Doctor Indio, quien lentamente sacó otra hierba diferente y amablemente, hizo que los hombres asombrados que se desangraban olieran la hierba y la sangre paró. El Tribunal Real de doctores maestros concedió la licencia al humilde hierbero.