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EL HABITAT Y SU RESULTADO

El plano de la ciudad nos regresa a lo que habiamos dicho, toda su brillantez al inmenso solar cuadrado en el cual operó la expansión de Teotihuacán, a ambos lados de la Calzada de los Muertos, es su paralela o perpendicular disposición. La más frecuente disposición consiste en una serie de callejones de alrededor de 2.5 m de ancho agregados a cuatro paredes laterales de bloques de calles y cuartos, y siempre de un piso, también constituían espaciosos palacios o simples casas para los ciudadanos, la mayoría parecen tener casas de 100 gentes quizá más. Este último hecho nos hace pensar que en una vida con las carácteristicas de una comunidad: grandes comunidaded familiares y quizá comunidades laborales.

Este tipo de casas estaba tan extendido, que en ciertos casos se ha llegado a pensar que podrían haber sido cabañas para los peregrinos. El grupo de Tlamilolpa cuenta con no menos de 175 cuartos alrededor de 21 patios pequeños y 5 plazas. En la excavación de estos cuartos, los arqueólogos parecen tropezar con unas fosas circulares de 1 metro de diametro, aproximadamente y categóricas, excavadas en los suelos de los patios de los cuartos: estamos hablando tumbas. En ella, se encuentaron huesos algunas veces algo descompuestos y en otras tumbas fueron encontrados limpios y dispuestos en un orden que no es el de un esqueleto. Si los artistas de Teotihuacán era maravillosos alfareros, no eran menos sobresalientes como escultores, como nos muestran las máscaras de funeral.

Esculpidas en barro, basalto, obsidiana, serpentina u ónix, las altamente estilizadas y espiritualizadas caras nos miran, o aún mejor, contemplan la eternidad con los ojos abiertos aún más allá de lo que es visible. Muy pocas veces, se ha logrado modelar las facetas humanas de modo que muestren menos a la persona y más a una presencia y un significado. Ni siquiera Egipto produjo algo que nos comunicara mejor la impresión de una serenidad intempestiva y por lo tanto una presencia definitiva. Desafortunadamente, nuestra ignorancia de el código jeroglífico que nos permitiría descifrarlo, no nos permite ver, en las pinturas descubiertas de la Ciudad de los Dioses más que un extraordinario vigor de sus trazos e impetuosa concisión de su estilo.